Entrevista

Traducción de la entrevista del 12/4/2006 para La Gazzetta di Milano

Escritores en nuestra tierra

Nos recibió en su monolocale de la Via Archimede y lo primero que hizo fue invitarnos a sentar y ofrecernos un café. Si no lo hubiera delatado su acento argentino, el modo de preparar lo que él llamó ristretto, habría delatado igualmente su procedencia. Contador de profesión y escritor de nacimiento, vivió los últimos dos años en Milán donde prepara en forma paralela su tercera novela y un diario de viaje.

—¿Puedo llamarlo Javier?
—Llamame Javo. Y tuteame, por favor. Entre escritores…
Como puse cara de sorprendido, agregó:
—Escritores, sí: vos escribís sobre personas reales y yo, me las invento. ¿Cuál es la diferencia?
Insistió un par de veces en su pedido de que lo tutee, pero, como no me salía naturalmente, se dio por vencido.
—¿Hace cuánto que escribe? —pregunté.
—Desde los quince. Casi puedo decir que empecé a escribir antes que a leer.
—¿Cómo es eso?
—Odiaba leer. Creo que recién a los diecisiete o dieciocho años agarré un libro por primera vez.
—La suya es una historia atípica, entonces.
—Atípica, sí. Siempre tuve facilidad para la escritura, pero leer me daba mucho trabajo. En especial si lo comparaba con mirar televisión. A mí lo que me interesaba era que me contaran historias, y la tele me las contaba más rápido.
—Entonces, ¿Cómo aprendió a escribir?
—Como te decía, siempre me fue fácil. Tuve la suerte de criarme en una familia culta y muy lectora. Supongo que de ahí mamé el vocabulario, de presenciar cotidianamente sus charlas. No se me ocurre otra explicación.
—¿Y en el colegio? ¿Cómo hacía para estudiar?
—Esa es una nota simpática de mi vida; en especial siendo escritor. En Argentina hay un libro que se llama Platero y yo que cuenta la vida y la muerte de un burro. Es un libro obligatorio, no me acuerdo si de tercer o cuarto grado. Yo no conozco ni la tapa. Como yo no tenía afición por la lectura, pero sí buenos amigos, les pedía que me contaran lo que habían leído y respondía las pruebas con esa información. La falta de lectura de primera mano, la sustituía por una prosa que convencía a mis profesores de que sabía de lo que estaba hablando. Siempre me sacaba mejor nota que mis amigos. El mismo método usé para El Quijote, en quinto año del secundario.
—¿No leyó Don Quijote de la Mancha?
—Durante mi época de estudiante, no. Traté de leerlo después, pero me resultó insoportable. Cada tanto vuelvo a hacer la prueba porque no concibo que quienes saben lo consideren una obra maestra y yo no pueda pasar de la décima página. (*)
—¿Y qué clásicos sí leyó?
—Mirá, tengo la ventaja de dominar tres lenguas así que pude leer los clásicos en su idioma original: Borges, en español; Shakespeare, en inglés; Dante Alighieri, en italiano. También leí el Martin Fierro, de José Hernández (no creo que lo conozcas porque es un clásico local más que internacional). Ese sí lo leí en el secundario. Fue la gran excepción y me encantó.
—¿Alguno más?
—Lo obvio: Oscar Wilde, Jack London, Hemingway, Poe…
—¿Y cuál fue el libro que le dio el puntapié inicial a su lectura?
—Más que libro, fue un género: la ciencia-ficción. Por años fue lo único que leí. Me encantaban Asimov y Theodore Sturgeon, pero leía cuanto libro del género me pasaba por delante. La mayoría los heredaba de mi hermano.
—¿Y escribió mucho sobre ciencia-ficción?
—Nada. No me animo. El punto es que para escribir sobre algo imaginario, y que suene creíble, hay que saber demasiado sobre la realidad (**).
—¿Hay algo más a lo que no se anime?
—La poesía. Ese es un mundo aparte. Se nace para eso o no se nace. Es como pedirle a un psicoanalista que haga una cirugía de cerebro o a un cirujano que conduzca una sesión psicoanalítica. Los dos son médicos, y los dos se ocupan del cerebro, pero el expertise no es intercambiable.
—Una última pregunta y lo dejo libre: ¿Qué proyectos tiene? (desde lo literario, claro).
—Quiero volver a los cuentos, que son mi primer amor. Las novelas me demandan mucho tiempo antes de poder compartirlas con la gente y extraño ese contacto. Además, ese es el rubro dentro del cual me muevo mejor. Incluso cuando escribo novelas pienso la historia con las características del cuento.

(*) Finalmente leí el Don Quijote —el primer libro y el segundo—. También busqué la versión apócrifa de Avellaneda, para compararlo con el original, pero, como no la conseguí fácilmente, me di por vencido —J. G.
(**) Al momento de la entrevista, había olvidado un cuento de mis inicios que era, efectivamente, de ciencia-ficción y del cual no conservaba copia. En el 2010, reescribí el cuento y lo incluí con el nombre de “Panacea” en la selección del libro Al fin solos, publicado en mayo de 2011 —J. G.

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