Muestra

Primera parte del cuento “La desaparición de los Michelangelo”

(libro Al fin solos)

La desaparición de los Michelangelo

I

La tempestad había roto a la madrugada, sin aviso previo, y llevaba consigo los excrementos de animales y los desperdicios, que ahora flotaban por las calles de piedra. Pendía sobre Roma un cielo negro y líquido como el atramento. Las aguas del Tevere, crecidas todavía por la proximidad de una luna invisible, explotaban como el sarampión con cada gota de lluvia. Un trueno resonó en el recinto papal seguido por un incordio de voces al otro lado de la puerta. Era lo único que faltaba. Si algo ponía de malas al Papa Julio II, era que se lo molestara mientras dormía. Al grito de qué es tanto alboroto, le siguió un silencio de misa. Después, comprendiendo que era mejor contestarle al Pontífice que hacerlo esperar, el sirviente explicó con voz de soprano que el Cardenal Demetrio insistía en verlo. El Sumo Pontífice dio orden de dejarlo entrar, pero aclaró al Cardenal que más le valía que se tratara de algo no sólo importante, sino también urgente, y que tuviera el decoro de ahorrarse detalles, si sabía lo que era bueno, porque si, además de impertinente, la visita era extensa, no respondía de sí.
El Cardenal Demetrio se cuadró como un soldado, carraspeó dos veces y alzó el mentón:

—Han robado los frescos de Michelangelo.

Su Santidad por poco lo excomulga. Lo trató de idiota, de inepto, de bueno para nada. Cómo Demetrio no sabía que era imposible robar un fresco, pues formaba parte de la propia pared y, por sobre todas las cosas, cómo, en el nombre de la Santísima Trinidad, el Manto Sagrado y el roble de su propio escudo de armas, había osado ingresar a la capilla, cuyo acceso estaba vedado, por orden del maestro Michelangelo, hasta al mismísimo Papa (o sea, a él).

Esto último era una herida abierta en la piel de Julio II. Michelangelo, después de aceptar a regañadientes la decoración de la Capilla Sixtina, había puesto prerrogativas. Entre ellas, que nadie viese su trabajo hasta que no estuviera terminado. Cuchicheaban lenguas impías que el Papa, dispuesto a ver la creación por angas o por mangas, se había disfrazado de palafrenero para entrar en los talleres cuando la ausencia del artista. Pero no eran más que habladurías. En virtud, nadie había presenciado la obra.

Por eso, por el éxito ajeno y no propio en burlar la guardia de Michelangelo, este hecho pesaba más que la dudosa, por no decir imposible, denuncia de robo que sostenía el Cardenal. Mientras tanto, el Cardenal Demetrio no encontraba palabras para apaciguar al Pontífice. Recibía la admonición con la cabeza gacha, muerto de miedo y pálido como la cal, pero no retiraba lo dicho. Por el contrario: se mantenía firme al paso del viento, no ya de la tormenta, sino de los pulmones de Su Santidad. Y Su Santidad lo notó. La perseverancia de su subalterno no dejaba de ser llamativa. ¿Y si era cierto? Por un segundo, una fracción, el Papa oyó el murmullo de la chusma riéndose a sus espaldas del bochorno papal. ¿Cómo Julio II, el Papa Guerrero, el responsable de la capitulación de Perusia y Bologna, se había dejado robar los frescos bajo sus propias narices? Sintió un escalofrío y se sacudió para borrar la idea que cobraba cuerpo en su cabeza. Era ridículo: los frescos no podían robarse. Debía haber otra explicación. A lo mejor el Cardenal estaba demente o había sido presa de un rapto de sonambulismo e imaginado todo el episodio. Sí, eso tenía que ser. En cualquier caso, así lo pronunció, la cuestión de los frescos debía tratarse con cautela y en secreto hasta tanto fuera aclarada. Además, no lo admitiría nunca, el asunto le proporcionaba una excusa inapelable para hurgar en el trabajo de Michelangelo.

Se vistió con lo que tenía a su alcance, tomó un candelabro y, haciendo con la mano de campana para defender la lumbre, emprendió su camino hacia la capilla a paso redoblado. A la zaga, venía Demetrio con el dedo en alto. Profería a voz en cuello que de seguro se trataba de un complot de los Venecianos. Buscaban hacerse de los frescos porque envidiaban que fuera el Papa quien se quedara con las obras de Michelangelo y no ellos, a quienes tanto les habría gustado. Por envidia y en venganza; eso es. Después de todo, ya habían mostrado la hilacha, y era de esperarse que no se cruzaran de brazos tras la derrota frontal en el campo de batalla, con la que el Papa había evitado la emancipación de Venecia. ¿Qué otra cosa podían hacer, sino apelar a ese tipo de artimañas, por la espalda y sin dar la cara, como todo Veneciano?

—¡Ellos robaron los frescos, Su Santidad!

El Papa hacía oídos sordos. Se le aguaba la boca de sólo pensar que, finalmente, por un golpe de fortuna, vería la obra de Buonarroti. Se habría frotado las manos de no tener la derecha ocupada con el flamero. Tendría ante sí las pinturas que soñaba cada noche y que, a fuerza de soñadas, adivinaba iguales a un sueño. Y, mientras los dibujos iban ganando formas en su mente y los colores se le presentaban vívidos como los de un óleo, se relamía al pensar que nadie, en su sano juicio, osaría acusarlo de romper el pacto con Michelangelo si gobernaba la acción el sincero propósito de bregar por la seguridad de la obra.
Recién cerca de la capilla, Su Santidad se preguntó cómo había hecho el Cardenal para conseguir el permiso de entrar al recinto, y a punto estuvo de preguntárselo. Pero la respuesta arribó sin necesidad de pregunta: el paso estaba liberado.

Se acercaron a la luz lastimosa de la candela, empujaron la puerta tímidamente y se adentraron en la capilla. Muy a pesar suyo, el Papa vio frustrado el intento por examinar la tan ansiada obra; el cielo raso permanecía invisible, oculto tras veinte metros de oscuridad. Preguntó al Cardenal cómo había hecho para ver algo en esas condiciones, presintiendo que a aquella negrura se debiera la afirmación errada del robo. Pero el otro mantuvo la vista fija en las elevaciones.

—Espere —dijo el Cardenal Demetrio, que ya había pasado por esto.

—¿Qué estamos esperando?

Entonces se encendió un relámpago que pareció durar horas y, bajo esa luz celestial (Divina o diabólica), el Papa confirmó azorado la ausencia de los frescos. No podía dar crédito a sus ojos. Como afirmaba el Cardenal, los Michelangelo habían desaparecido. Decidido a desmentir el robo, pero, antes que nada, a no dar el brazo a torcer, se convenció a sí mismo de la explicación que le daría al Cardenal: “los frescos no habían sido robados; el Señor los había llevado a su reino, donde debían estar”.

—¡Es un milagro! —sentenció.

II

          […continúa…]

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